Convocadas 5 manifestaciones en Madrid en una semana con ocasión del 20-N y del asesinato del joven a manos de un neonazi 23 de noviembre de 2007 (9:29 pm)
Publicado por JGIbañez en : ESPAÑA - Otros medios , trackback
“…El muerto es nuestro…” Esta frase tan política (usando la palabra política desde su ángulo más obsceno) se llegó a escuchar alguna vez durante la Transición en trifulcas que estallaban, entre uno y otro sector de la extrema izquierda, por la “propiedad” de un ocasional símbolo-mártir; trifulcas previas a la manifestación correspondiente convocada para homenajearle, y para protestar por las circunstancias, normalmente extrañas, que rodeaban su muerte…

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…El muerto no es de nadie. La brusca desaparición de una vida humana, por enfrentamientos sociales, a quien más le afecta en primer lugar es a sus allegados y, a continuación, quien padece las consecuencias del suceso es la propia población que, en su mayoría, lo que pretende es vivir en una sociedad civilizada.
Cualquier tipo de violencia ideológica, proceda del sector de donde proceda, es rechazable y condenable si vivimos en un estado de derecho, puesto que, con sus imperfecciones, siempre será mejor que cualquier otro tipo de estado.
Pero es muy distinto manifestarse por la continuidad de un régimen en nada perfecto como es la democracia que hacerlo en virtud a posiciones propias del fascismo negacionista. Los muertos no son de nadie; más bien son víctimas de todos. Aunque ante la estulticia de comportamientos tan obscenos como los de aquellos que, bajo la excusa de proclamar su protesta contra la política antiterrorista de un gobierno, legítimamente elegido, vomitan odio y rencor desde posiciones mediáticamente interesadas, no cabe otra cosa que la afirmación de la base democrática. Pero, para ello, hay que haber mamado DEMOCRACIA. Tan simple como sencillo. Y muchos sinvergüenzas que no dudan en hacer suya la calle con manida reiteración sólo representan a un bochornoso resíduo de insolente sectarismo.
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Javier Menéndez
Admito que la comparación ha podido resultar dura, e incluso me atrevo a decir injusta.
Todo lo he hecho por forzar de algún modo la máxima objetividad.
Personalmente asistí a las manifestaciones de protesta por las muertes de Arturo Ruiz y de Yolanda González, en el ’77 y en el ’80 respectivamente, provocadas por indeseables fascistas de la época.
No reniego de haberlo hecho, pero presencié polémicas similares a las que se ven hoy con el cruel fallecimiento de ese chaval, y sigo pensando que instrumentalizar la muerte tendenciosamente me repugna.
La política no se debe ejercer con máscaras, ni con disfraces de centristas o moderados por conveniencia como vemos en algunos, ni con capuchones o pasamontañas con los que otros encuentran el curioso modo de presumir simultáneamente tanto del coraje de que son capaces para acciones violentas callejeras, como de su propia cobardía.