“¿Qué es un antifascista?” 2 de marzo de 2008 (10:07 am)
Publicado por JGIbañez en : ESPAÑA - Diario EL PAIS , trackback
Con toda seguridad los recientes sucesos de Lavapies (en pleno casco viejo de la ciudad de Madrid, con una muy alta población inmigrante) muestran que ha fallado estrepitosamente el cálculo sobre lo que podría pasar autorizando un acto político electoral como el que se autorizó, que tenía toda la pinta de que resultaría xenófobo. O quizá se calculó demasiado bien, y el resultado fue el esperado…
Sería interesante saber hasta qué punto la Junta Electoral Central, que es el organismo que concedió la autorización, tiene absolutas prerrogativas en esa materia si la Delegación de Gobierno expresa una opinión divergente en cuanto a la seguridad ciudadana.
Aunque el extremo que interesa comentar en esta página no es ese, sino en qué medida el antifascismo para existir necesita de estas demostraciones irracionales de fuerza cuantitativa y física, y si no terminan éstas siendo en realidad contraproducentes.
Personalmente me considero antifascista, lo cual no tiene que significar por obligación defender el anarquismo más crudo en la organización de la sociedad. Es muy espectacular promover disturbios e incendios urbanos cuando toda una serie de leyes garantistas, propias del estado de derecho, protegen a los promotores de ese mini-caos. Pero es curioso también que, en cuanto las circunstancias políticas recomiendan echar mano de conceptos más autoritarios, y se reforman las leyes y se endurecen, tanto coraje extravertido de repente muestra no pocas inhibiciones (como se comprobó con la kale borroca al poco tiempo de aprobarse la Ley de Partidos Políticos).
Pero no: en otro tipo de cuestiones tal vez sí sería útil un endurecimiento de la legislación. Respecto a las protestas en Lavapies sólo creo que se ha echado en falta una mayor coordinación entre las competencias de diferentes autoridades.
El antifascismo es más eficaz en el terreno preventivo. Del mismo modo que los incendios forestales cuando más conviene “apagarlos” es en invierno, haciendo labores de mantenimiento en los bosques antes de que llegue la época de mayor calor y sequedad; el fascismo y la xenofobia se combaten mejor en el terreno de las ideas, previamente, y en el de las leyes, y en la aplicación inexcusable de ambas.
Quizá el contrato de los inmigrantes que proponía Rajoy al final es verdad que hubiera resultado xenófobo (sobre todo aplicado por bocazas populistas como Arias Cañete -y no escasean precisamente individuos como él en esta España nuestra, una España que todavía no se parece demasiado a la civilizada Canadá, nación que sí le exige compromisos, similares al famoso contrato, a todo aquel que se instala en su territorio-). No obstante, que alguien le lea a una familia que entra en nuestro país una cartilla con cosas que digan, por ejemplo: “aquí a la mujer no se la maltrata…” “… aquí estamos intentando que la convivencia entre vecinos sea respetuosa…”; y que se haga como un recordatorio, que se haga como una advertencia para los que tienen la costumbre de no aprenderse de memoria las normativas más importantes vigentes en una sociedad, no sé qué tendría exactamente de xenófobo.
El caso es que si no se quiere que la población poco a poco vaya prestando oídos a los discursos más radicales en cuanto al rechazo hacia los que vienen de fuera, hay que ofrecerle alternativas algo más imaginativas que esa tan cacareada de “la mejor integración: que se cumplan unas leyes que ya existen…”
¿? ¿¡Y ya está!? ¿¡no hay que hacer nada más! cuando todos vemos y sabemos la cantidad de veces que se incumplen esas leyes existentes por parte de todo el mundo, nacionales y extranjeros, y la cantidad de veces que queda impune ese incumplimiento?

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