“Las cámaras de gas, un detalle de la guerra” 26 de abril de 2008 (3:07 pm)
Publicado por Leiter en : INTERNACIONAL,Opiniones , trackback
¿Han visto al señor de color que aplaude a Le Pen, a sus espaldas? Es una prueba evidente de lo que el papanatismo, asociado con la ignorancia histórica, puede ofrecer como muestra de la más abyecta de las ignominias. El problema no radica en un individuo como Le Pen, paradigma de la basura humanística, sino en los miles y miles de seguidores que toman como válidas sus miserables aseveraciones. Es el peligro de una contracultura que intenta martillear los cimientos de unos ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad que la propia Francia intentó exportar al resto del mundo, pese a que uno de sus adalides confundiera el discurso con la invasión. Cuando escuchamos a un presidente norteamericano justificar todo tipo de torturas en favor de una más que nebulosa lucha antiterrorista; cuando se invaden países por el mero hecho de ser sospechosos, con el beneplácito de ciertos mamarrachos que llenan sus bolsillos con el inestimable apego de una botella; cuando los que no dudaban en asar a la parrilla a quienes discrepaban de los fundamentos teológicos pretenden convertirse en juez y parte de los estados no confesionales; cuando el pueblo “elegido” pasa de ser perseguido a convertirse en perseguidor, ignorando con inmunda desvergüenza su trayectoria histórica — pueblo de apestados –; cuando las sonrisas de mafioso intentan ocultar la mierda… Eso, indefectiblemente, conduce a la ponzoña de tipejos como Le Pen.
Seis millones de seres (judíos, alemanes, rusos, negros, gitanos, españoles…) fueron condenados a la más catastrófica suerte que el odio haya podido nunca generar, cataclismo de la condición humana. Sirva mi humilde comentario para homenajear a tantos y tantos seres que vieron truncadas sus vidas por el simple motivo de no ser, ni pensar, como los más brutales genocidas que la humanidad concibió. Que los llantos, las súplicas, los miedos y las aberraciones que sufrieron millones de personas queden por siempre grabadas en nuestra memoria como símbolo de lo que nunca, NUNCA MÁS, puede volver a ocurrir. Todos, con independencia de nuestras discrepancias, tenemos esa responsabilidad.

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